El diablo sin canas | Relato | RqR Escritores


El diablo sin canas | Relato | RqR Escritores
El anterior inquilino de esta cochambre iba de poeta maldito a juzgar por la frase que pintarrajeó en la pared: “El diablo está demasiado viejo para cargar las armas, búscate otra coartada”. Me sedujo la familiaridad con la que trataba al sujeto de la oración, daba la sensación de que habían sido confidentes, quizá entre ellos hubo un pasado común de latrocinios y muros creativos. Pobre diablo, había envejecido y ya no podía hacer ciertas cosas hasta entonces propias de su cargo.

Aquí dentro encuentras tantas excusas para continuar vivo como para seguir muerto. Porque una vez que te encarcelan en una mugrienta jaula de cuatro metros cuadros –¿cómo medirla con certeza?-, ya no hay muchas posibilidades de envejecer ni de retomar esas cosas que antes posponíamos para cuando tuviéramos algo de tiempo libre, algo de apoyo, algo de dinero extra, algo de cariño con el que dividir esfuerzos y frustraciones. Creemos que cumpliremos 32 años, o 67, y que entonces habrá llegado el momento de convertir en reales esos planes ensoñados. Nadie te avisa de que pudieras cumplir 32 años, o 67, en una trinchera o entre los amasijos de hierro de un coche estrellado o que puedes no cumplir los 32 o los 67 porque estás encarcelado y eso es lo mismo que no tener cumpleaños. Si te encarcelan el principal cambio que tu mente debe asimilar es la imposibilidad de bailar. No se baila en una celda. Sin embargo, sí se come, se caga, se respira, se fuma si tus recursos alcanzan o si en el exterior alguien se acuerda de comprarte una cajetilla, si se acuerda de que tú no la puedes comprar. También se duerme y se habla con otras personas en similar o peor situación. Algunos redactan cartas para enviarlas o romperlas, pintan cuadros, leen la Biblia, tallan trozos de madera con un cuchillo de cocina romo y apenas afilado para evitar sangrías, lloran por las noches y por el día, pasean una hora en círculo con las manos en los bolsillos y la cabeza agachada o corren si sus piernas están fuertes o si los persiguen. Pocos ven la televisión, prefieren drogarse. Cuando se mueren un cura les quita la jeringuilla clavada en el brazo y los perdona en nombre de un dios a la carta y el cura se hace más santo y se asegura que su cielo no sea el mismo, ni parecido, al del pobre demonio de pupilas dilatadas que ha bendecido. Luego el cura se da un garbeo por las celdas y nos promete la salvación a cambio de unas cuantas oraciones y unas cuantas verdades confesadas a media voz, avergonzados por ser tan malos, por tener pensamientos impuros, por haber asesinado a toda tu familia en un arrebato de ira incontrolada, por ejemplo. Él confía en ti con la misma fe ciega en la que confía en su creador y no debes defraudarle. No se lo merece. Mejor ocultarle que cuando te masturbas no te molestas en limpiarte y que tus pantalones tienen una mancha reseca a la altura de las ingles hasta que llega la jornada de lavandería. Sueles pasar una semana así pero al menos sabes que en una semana la mancha habrá desaparecido y eso es más de lo que intuyes cuando eres libre. El cura seguramente tendrá 32 años, o 67, y aunque se entrega en cuerpo y espíritu a su labor redentora también sueña con hacer esas cosas que por ahora su horario o sus votos no le permiten.

Los primeros días hay que acostumbrarse a utilizar el váter a la vista de los presos de la galería de enfrente o de los funcionarios que hacen sus rondas desganados, con las porras colocadas en su sitio y la cabeza en cualquier lugar menos en este. Son los mismos que te reciben y te acompañan, los mismos que abren la puerta y la cierran, apagan las luces a las nueve en punto y la encienden a la siete y media del día siguiente. Todos tienen nombres y cumplen años y saludan cortésmente al cura cuando pasa a su lado. Entre ellos manejan códigos indescifrables para la población reclusa, un guiño del ojo izquierdo es correspondido con un leve gesto de los labios, un taconazo con la bota se encadena con una risita cínica. Los miras y tratas de descubrir qué coño se están diciendo, si estarán hablando de ti, si esa noche han planeado hacerte una putada para que no les causes problemas. Los miras y piensas que ellos mantienen intacta la capacidad de hacer planes aunque no se materialicen y que sus gestos podrían determinar el resto de tu tiempo en prisión o en este mundo o en el mundo que predica el cura. Si te pillan observándolos ya no hay código secreto que valga y entonces te hablan en un lenguaje que entiendes perfectamente y tu cuerpo se resiente por adelantado, tu estómago aúlla y la celda te oprime más si cabe.

Cuando terminas de cagar te pasas por el culo un papel áspero y escuchas las risas de tus vecinos y te compadeces de tu ano en carne viva.   

Encarcelado puedes enamorarte. No puedes en cambio gastar las tardes de domingo hablando por teléfono o tomando una taza de café o haciendo el amor escuchando a Tom Waits de fondo. El amor aquí sugiere cadáveres: huele a sudor y a halitosis, a sangre coagulada, a desgarro. Pero te enamoras, y con ello permites que tu cerebro se libere, aparcas los planes y los sustituyes por esos olores y te acurrucas en la cama y tratas de imaginar la cara de la otra persona: le quitas el género, le das una voz más a tu gusto, creas con él un código particular e inviolable, te apoyas y compartes tu frustración y de repente un mundo ideal te envuelve y te masturbas para celebrarlo y el pantalón recibe otra descarga que allí quedará hasta la jornada de lavandería.

Los días de visita son ansiosamente esperados. Desde el comedor pueden verse las salas de contacto y la ropa de los familiares que vienen con una gran sonrisa en la cara y algunas bolsas de plástico. La mayoría son esposas e hijas de los reclusos, pocos padres se acercan hasta aquí, apesadumbrados seguramente por la actitud de sus vástagos, por su triste destino.

A un hijo siempre se le imagina con un elegante traje a juego con la corbata, entrando por la puerta del banco con alfombra roja bajo sus pies y un enorme puro en la comisura de los labios. Cuando la vida crucifica a los hijos también lo hace a los padres y en su subconsciente se destruye la fotografía fija del banco y de la alfombra. Todo explota y las manchas de sangre, los amasijos de hierro, los restos del traje y la corbata se mezclan con la ceniza del enorme puro y los padres se encierran en sus habitaciones con la única obsesión de cumplir 67 años porque ya no pueden cumplir 32.

Las esposas no quieren que se les note el sufrimiento y lo tapan con esas bolsas de plástico que llenan de tabaco y chorizos y dibujos de los niños, dibujos en los que falta un padre o bien el padre sale distanciado de la familia, encerrado en una jaula para regocijo de los espectadores anónimos que se ríen y le señalan cuando caga a la vista de los funcionarios. Las esposas nos besan y nos dan ánimo para que no perdamos la fe, o la esperanza, o las ganas de salir de aquí y hacer planes nuevamente, aunque sean planes que se trunquen por falta de tiempo, de dinero, de cariño. Nosotros imitamos las sonrisas, recibimos las bolsas y sin darnos cuenta nos convertimos en gestos de otro código. Nunca les decimos que nos hemos enamorado y ellas tampoco nos lo cuentan.

—Entonces, ¿qué diferencia hay entre estar muerto o vivo?—pregunta un crío a su padre durante la visita.

—Depende de lo bien que sepas bailar—contesto desde mi celda.

—Pues yo seré como tú cuando cumpla 32 años— y bosteza aburrido el chaval, el diablo joven y sin canas.

 

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