"Tiempos recios" (MVLL) | Reseña | RqR Escritores en Trabalibros

Publicada en Trabalibros el 13/07/2020

No hay sorpresa y por ello no deja de sorprender: allá, al otro lado de Atlántico casi todo se rompe apenas estrenado y el empeño de quienes podrían repararlo consiste en que se rompa más fuerte, con más ruido, con más dolor. Da igual que se nos presente un plano general o que la lente de la lupa se pose sobre un minúsculo país, da igual el siglo que nos sirva de contexto o excusa para la observación, da igual desde qué bando el cuentista cuente la vaina, siempre, casi siempre, el resultado es el mismo: un ‘pudo ser’ abortado. Por parte de unos y otros, de estos y aquellos. Y claro, repasando el título de esta novela cabe preguntarse cuándo no discurrieron recios los tiempos en el continente americano, al sur de Río Bravo.


Sea cual sea la aproximación intelectual que se haga al pasado y devenir de esta vasta región plagada de contrastes y explicada por sus tensos extremos y extremismos, bien a través de la historia, el ensayo político, social y económico o de la literatura -como en este caso- la conclusión que subyace, aflora y brota es que pocas tierras, pocos habitantes de unas tierras, han sido tan maltratados desde fuera como desde dentro. Siempre con el enemigo exterior acechando, apretando, ahogando, hurgando en la herida para sacar tajada, más tajada aún, y el otro enemigo, el oriundo, desayunando en casa, recibiendo con los brazos y la saca abiertos a las visitas indeseadas. Solo África, pienso ahora, ha tenido una fortuna más aciaga y de más angustioso pronóstico.

Así lo dibujó y diseccionó el autor en su anterior y sobresaliente "La fiesta del chivo" a propósito de la dictadura trujillista y sus crueles desmanes en la República Dominicana y de nuevo lo hace en esta ocasión dirigiendo el foco hacia la convulsa Guatemala de mediados del siglo XX.

Multinacionales depredadoras e impunes, la diplomacia oscura y asesina de la CIA, políticos y militares locales corruptos y sedientos de poder a cualquier precio, mercenarios sin escrúpulos ni bandera, campesinos y trabajadores explotados, manipulados y masacrados, una rancia e hipócrita clase social acomodada que bascula sin pudor para conservar sus injustificables privilegios heredados, eruditos de boquilla y estómago agradecido, revolucionarios silenciados a golpe de fusil o pedrada, visionarios sin ojos, injerencias internacionales por doquier, asonadas esperpénticas, guerras civiles, guerrillas incívicas, venganzas, ajustes de cuentas, bellas amantes que ejercen de espías ora leales ora traidoras, torturas, golpes de estado, evasión de capitales, reformas agrarias a medio hacer, barro, iglesias, obispos influyentes y sibilinos, fiestas opulentas, hambre, ignorancia, vanidad y destierro.

Nada se echa en falta en esta amalgama misérrima y consustancial al ser humano en su transcurrir individual y colectivo (pareciera que haya nacido para dañar o curar, sin término medio). Redactada con la maestría habitual del premio Nobel peruano, conocedor del entorno por experiencia propia y gracias a la ingente cantidad de documentación y testimonios que ha manejado para componer este fresco audaz, crítico, triste, demoledor y endiabladamente entretenido de principio a fin. Con esa técnica que ya puso en práctica en proyectos previos, combinando épocas y espacios, saltando de unas a otros sin perder nunca el hilo ni el interés ni la coherencia narrativa consigue que las partes destaquen tanto o más que el todo y que este no se entendiese sin ellas. Un puzle montado aparentemente a salto de mata en el que encajan perfectamente sus piezas, más y mejor incluso que en la realidad que retratan.

Cuando de un libro se puede decir que se lee solo sobran otros halagos. No importa que la ideología, el sesgo, de Mario Vargas Llosa se cuele en algunos pasajes, en algunas descripciones que juzgan a los personajes descritos o sus decisiones o sus circunstancias, es al fin y al cabo un texto de ficción, una crónica interpretada y no un riguroso tomo de enciclopedia. Y no importa, además, porque se esté o no de acuerdo con ese sesgo, lo que se dice se argumenta para bien o para mal, para nuestro contento o disgusto (según de qué pie cojeemos), desde los hechos y la razón -que no la verdad y mucho menos la verdad absoluta que ni existe ni se ejerce salvo por los fanáticos, por los extremistas-. Y ese ejercicio reflexivo es lo mínimo que se ha de preservar en estos tiempos melifluos al volver del viaje por aquellos tiempos recios.


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