Vino blanco de mesa | Relato | Juliette C.

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–Hola, tía. ¿Cómo estás?
–¿Cómo voy a estar, hija? Harta.

Lo ha preguntado sin verdadero interés, fatigada como está después de arrastrar su sobrepeso por la rampa de acceso y atenta al ardor de las callosidades de los pies. Es la misma introducción y la misma respuesta desde hace tres años, cuando todo les alcanzó de improviso, sin preparación. En vidas futuras ya sabrían mejor qué hacer, si es que hubiera otras vidas y se diera la ocasión.


–No sé por qué la piernas no me responden. Los médicos no me hacen ni caso.
–Bueno, tía. Poco a poco.

No hay poco a poco que valga, el tiempo sólo acentúa la atrofia. Esto tendría que haberse solucionado al principio, cuando se rompió la cadera. Entonces habría que haberla forzado a caminar, pero nadie les explicó. En la residencia, al principio, la ataban para que no se levantará sola, para evitar caídas. El personal era escaso y no estaba para rehabilitar. La familia ¿qué sabía?, les pareció prudente, sin más.

–¿Cómo está tu madre?

–Regular.

No le explica que regular significa mal, que la única hermana que le queda está perdiendo la cabeza, que se ha vuelto intratable y desconfiada, que comete todas las tonterías que tanto reprochó a su marido años atrás, que exige atención a todas horas pero no se deja cuidar, que se queja de ser un estorbo, que algunos días cuelga el teléfono o no quiere abrir la cadena de la puerta, que llora, que agota y que, con ella, nunca se sabe cómo acertar.

–Como no me llama, ni viene a verme...
–Yo le digo que te llame, tía.

La eterna rivalidad entre hermanas que han cargado, de repente, sobre sus espaldas. Rencillas soterradas por décadas: aquella vez que me rompió una pepona, aquella pugna por el pan y quesillo, aquel beso que le dio a una y no a otra papá.

Escucha cansada intentando mediar entre lo desconocido. También la madre se queja de que la otra no llama estando, como está, tan bien cuidada en la residencia.

–¿Qué tal comes?
–Mal.

Se desglosa el horror de la comida seca, sosa, el arroz pasado, las legumbres y carnes como piedras, la merluza congelada. El runrún la transporta a su propia cocina y a los cacharros que, con la prisa, ha dejado por fregar. Ahora le habla de la medicación que le obligan a tomar sin darle explicaciones y de que la fuerzan a acostarse a las nueve, casi cuando no ha terminado el día.

Fuera anochece. Hace la observación de que debe irse. En realidad necesita escapar.

–Ven a verme más a menudo. Me tienes abandonada.
–Lo intentaré, tía. Ya sabes que Jose tiene muchas tardes ocupadas y tengo que hacer compañía a mamá.
–Tu hermano va siempre a lo suyo.
–No te enfades, tía. Adiós.

Besos y una ráfaga de aire frío que alivia pero no consigue borrar la sensación opresiva ni la culpabilidad. Le deprime andar siempre entre ancianas, siente que se le adhiere al alma la decrepitud. Se dice que tendría que ser más cariñosa, que no es culpa de ellas, que es mala, y enciende un cigarro mientras intenta recordar desesperadamente dónde narices aparcó. Se enjuga una lágrima y maldice su labilidad.

Cuelga el abrigo en el perchero de casa y se ve reflejada en el espejo por casualidad. No se evalúa, hace mucho que su aspecto le es ajeno, indiferente. El hijo le pregunta por la abuela y por la tía y la abraza al cruzarse con ella en la cocina con un abrazo que busca consuelo más que el consolar.

–¡Hola, Luisa! –escucha gritar a su marido desde el final del pasillo–. ¿Qué tal tu madre?
–Bien.

No entra en detalles, no tiene ninguna gana de hablar. Sabe, además, que la pregunta es un formalismo y que de intentar explayarse no iba a recibir la menor atencion. Quizá un mujido, un asentimiento de cabeza, nada que demuestre verdadero interés.

–¡En veinte (...) que estoy (...)! ¿Vale? –le parece oír.

No entiende. Hace meses que nota que está perdiendo audición, pero no se le ha pasado por la cabeza consultar al médico; ni tiempo ni ganas, son cosas de la edad.

Pregunta a su hijo por el significado de lo que ha gritado el padre.

–Está jugando en el ordenador. Dice que cenemos en veinte minutos, que está metido en una "raid".

Abre la nevera, saca el tetra brick de vino, se sirve un culín, lo bebe de un sorbo y se dispone a guisotear. Echa cuentas: hoy lleva diez tragos de esos ya.


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Juliette C.

  


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