Confinados | Ensayo | Quóronter


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El aislamiento social es casi un estado natural, es casi mi modo de vida, incluso en mi espacio laboral. Aún así, la psique maneja una idea de gravedad que todavía está intentando digerir, rumiar, encajar, a pesar de que mis rutinas poco cambiarán.

No quiero imaginar el sufrimiento, la desazón, el estrés y la ansiedad de aquellos que viven hacia el exterior y que les cuesta mirarse un poco hacia el interior. No quiero imaginar ese mismo malestar en los jóvenes y esa ebullición existencial en la que, por serlo, viven.

Al igual que las personas mayores, o dependientes, o inmunodeprimidas a causa de una grave enfermedad, que viven con angustia sus limitaciones y dependen de la ayuda de las personas queridas o cercanas. Ese estado rayano al miedo que provoca la incertidumbre a cualquier persona que mantenga una independencia normal, en este colectivo se multiplica por no sé cuánto al entender que sus necesidades esenciales recaen en los demás.

Me da cierto pudor, casi bochorno, las actividades de balcón que se organizan pero entiendo bien que se organicen. Son, a modo de simpleza gráfica, el pitorrillo de la olla exprés; son el chascarrillo en el entierro, el grito en la montaña o el sumergirse en el mar al amanecer.

Se necesitarán igual cantidad de psicólogos que epidemiólogos para llevar esto que acaba de empezar.
El reto, además de al virus, es dominar la fragilidad de la mente.

Salud, paciencia y descompresión.


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