Policloruro de vinilo transparente | Relato | Juliette C.


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En algún momento de mi edad infantil tomé el mal hábito de ir recogiendo aquí y allá —todos seleccionados de idéntica variedad, tamaño y color— pétalos ya caídos de jardines vecinos para adherirlos minuciosamente a un palo cualquiera y conjeturar un engendro parecido a una flor. Y hubo tiempos de calma, hubo también mistrales que hicieron saltar las alarmas anunciando peligros que al anochecer se adormecían y galernas que arrancaron una a una las piezas de mi manualidad. Yo siempre fui paciente y esmerada en la reconstrucción. Lo que nunca hubo fue una brisa curiosa e hipermétrope que merodeara y espoleara mi vanidad. Esta noche he bebido, vamos allá.

Escribo un poema, lo rompo. Nada sé de poesía, es una estafa. Mis poemas aspiran a música más que a literatura, pero son música mala; cuatro acordes repetitivos, machacones y previsibles armados sobre un derroche de participios deslavazados. Esto no puede compartirse a menos que se aspire a estrella del reggaetón.

Tal vez un tema social. Alguna vez relumbré —nunca me faltará el exceso— con bagatelas de estas, pero odio las moralinas y… ¡qué petulancia pretender enfrentar al mundo con su realidad, realidad que presupongo con mi proverbial fatuidad, cuando yo al mirarme al espejo ni siquiera me reflejo! Soy un espíritu de pvc.

Mis talentos son el encuadre y la localización. Buscar el escenario perfecto y anteponer mi transparencia y vacío con la insana esperanza de que aquello que se ve a través de mi difuminado contorno sea confundido y apreciado como parte de mí.

De niña elegí decorados de lagos misteriosos, palacios de mármol y bosques encantados. Mi cuerpo mimetizado, carente de contenido, aspiraba a embelesar. Parecía hermoso, lo parecía. Era cuestión de focos.

Me casé en una catedral, no podía ser de otra manera. Sobre mi velo, un arco conopial y entre los bordados del vestido, esmerados relieves, impresionantes esculturas, gárgolas sobrecogedoras. Se dijo que no se había visto una novia tan hermosa en años. No era yo, que soy una patraña. Bendita iconografía.

Nunca llevé a mis hijos a parques polvorientos de tierra apisonada y areneros sospechosos. Visitábamos jardines refulgentes con sendas empedradas. Sentada sobre románticos bancos, ofrecí a los paseantes un singular espectáculo de parterres florecidos y rejas sobre el agua. Era el paisaje vislumbrado a través de mi hueco, pero parecía yo a las miradas superficiales que son las más. Alguna vez recibí encendidos halagos y ofrecimientos malsanos. Qué cosas.

Los años nos cansan hasta en la búsqueda de bonitos paisajes: alguna noche oscura en el campo, el ardiente colorido de un puesto de frutas, la tramoya de una red social. En algún momento, me confieso a mí misma, tendré que parar.

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Juliette C.

  


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