Una foto irrepetible | Relato | MAF


Quedé con Julia donde hace solo veinte años había un Muro y una frontera, en Postdamer Platz, bajo la cúpula del Sony Center. Ella venía de visitar Gaza y Jerusalén y aunque yo ya había acabado mi reportaje sobre la inminente Berlinale, me quedé a esperarla. Su siguiente escala era la costa norirlandesa, el condado de Atrim. Quería conocer la titánica obra del gigante Finn y eso a mí me descabalaba los planes. Tenía que regresar a Madrid para currar en la entrega de los Goya. Un coñazo anual al que no debía faltar por razones estrictamente profesionales.


Me senté en la terraza del Josty y dejé mi supercámara sobre la mesa, bien visible, para que no dudase de que era yo el periodista con el que había quedado. Julia estaba visitando el barrio de San Nicolás y se entretuvo más de la cuenta. Hacía apenas unas horas que había pisado las ruinas de un territorio asolado por la barbarie y ya estaba paseando por las calles empedradas del diecinueve, quizás sintiéndose una contemporánea de los hermanos Grimm. ¡Con qué pasmosa facilidad cambiaba de paisaje! El caso es que llegó con veinte minutos de retraso.


Mi objetivo era hacerle unas fotos y aderezarlas con una breve entrevista sobre sus viajes. Algo que curiosamente aún no había hecho nadie. El fuerte de Julia es su forma de ser, su atractivo personal. Me estrechó la mano desenvuelta y no se disculpó por su tardanza. Antes de pedir un té con limón, me preguntó de qué iba a ir la próxima Berlinale. Tiene buena memoria. Cuando hablamos por teléfono le comenté algo sobre el reportaje que estaba haciendo y no se había olvidado. Le dije que de temas retrospectivos, históricos y documentales. La crisis financiera y la caída del dichoso Muro acaparaban la agenda del Festival.


La interrogué por su estancia en Oriente Medio y su gesto se transfiguró. Mi curiosidad malogró su sugerente sonrisa, “Si no has estado allí, si no has respirado ese ambiente, si no has tocado la miseria, nunca comprenderás el crimen que están cometiendo con esa gente”. Hablamos de los verdugos que un día fueron víctimas y de los inexorables poderes de la simbología. Todo el mundo sabe, o debería saber, que los judíos representan el Holocausto. Hablar de sus fechorías, es como blasfemar contra una entidad sagrada, “¿Tú nunca has tenido miedo de que te acusen de ser antisemita?” Yo vivo de publicar y sé que hay cosas de las que es mejor hablar como hablan los demás.


Esta vez me salté la norma. No tomé una posición razonablemente equidistante ni saqué a relucir las coletillas pertinentes. Fui sincero y eso le gustó. Julia recuperó su magnética sonrisa y aproveché para hacerle las primeras instantáneas. Le incomoda posar pero es fotogénica, transmite naturalidad. La última foto de la primera serie que le saqué, fue reflejándose en el agua de la fuente que ideó Helmut Jahn. Necesitaba hacerle alguna foto más en otros escenarios y le propuse caminar por Unter der Linden hasta la puerta Brandeburgo. A Julia no le sedujo el plan y además estaba hambrienta. Su necesidad me dio una idea. Se me ocurrió un peregrino leitmotiv para el reportaje. Le propuse un juego que la ponía a prueba como aguerrida viajera. Le pedí que se imaginase que le habían robado su mochila y que aunque no podía pagarse ni una simple hamburguesa, tenía que comer en un restaurante chic. No lejos de allí había un lugar frecuentado por actores, políticos, deportistas y empresarios que era ideal para la ponerla a prueba. Julia no lo conocía. Quiso saber en qué estaba especializado el chef y le dije que se le daba bien la cocina francesa. Sonrío vacilona y me puso una inesperada condición, “Vale, pero si lo consigo luego tú harás lo que yo te pida”.


Acepté el reto desconcertado, esperando que su capricho no atentase contra las leyes del país. Nos fuimos directamente al restaurante y en el camino le hice media docena de fotos. Julia, para darle enjundia a mi ocurrencia, me aseguró que no pensaba ni camelarse al metre, ni fingir un despiste, ni salir corriendo como una delincuente. Incluso me dijo que mi reportaje sobre ella se explicaría con una sola fotografía, “No te hará falta sacarme más”.


De mutuo acuerdo entró en el lugar convenido antes de que yo apareciese con su mochila y mi cámara de freelance. Me senté junto a uno de los grandes ventanales que hay en el local, justo enfrente de su mesa. Allí no podía apretar el disparador sin dar el cante. Ni siquiera lo intenté de tapadillo. Julia eligió una crema de trufas negras y un pailard de ternera. Yo unos boletus con azafrán y ragout con guisantes y menta. No sabía cómo pero estaba seguro de que conseguiría salir de allí sin gastarse un euro, sin que yo tuviese que invitarla para sacarla del apuro. Iba a hacerme cumplir mi palabra y eso me sobreexcitaba. Tan ansioso estaba de conocer su deseo que se me aflojaron los apetitos. Ni siquiera intentaba adivinar las artimañas que emplearía para salir airosa del trance.
Se me hizo eterna la comida. En los postres Julia se levantó y encaminándose a los lavabos me guiñó el ojo. Esa era la señal convenida. Estaba pagando mi cuenta cuando regresó al comedor. Lo cruzó pausadamente, en pelota picada y sonriendo amable a todos los que la contemplaban. Tan ensimismado me quedé que no le hice la foto que me regalaba. Un instante rotundo e irrepetible que daba sentido a un reportaje que no publiqué. Julia ganó la apuesta y tuve que cumplir su deseo. Me pidió que le comprase ropa nueva. Algo que nunca hubiese imaginado. Comió de balde y renovó su vestuario. Todo por el mismo precio. Es una mujer apabullante, pero eso solo lo comprendes si estrechas su mano, si respiras su perfume, si la conoces.

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MAF

  


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