La ciudad de las tiendas ordenadas | Relato | Leles Mol

Hacía frío en aquella habitación, llevaba pensándolo mucho tiempo, tenía que cambiarse al otro cuarto, era más pequeño y las brasas aguantarían mejor. Conservaba un brasero de hierro que su abuela le había dejado al morir de vieja hacía ya diez años.

Martín era un tipo peculiar, trabajaba en una fábrica de cerveza de ocho de la mañana a seis de la tarde, para los tiempos que corrían no podía quejarse. Soltero, afable y risueño, un hombre metódico de buena educación aunque de familia  humilde.

Era sábado, aún continuaba en la cama, acababa de pasar el pescadero y ni con la almohada en la nariz podía evitar aquel rastrojo tan fuerte que dejaba el carromato de Paquito el del pescao. Se puso en pie y fue directo a lavarse la cara en la pica de loza andaluza que consiguió por dos duros en el mercadillo de su barrio. Más despejado, pensó en bajar a tomar un café y dar una vuelta por el centro de la ciudad, tenía un asunto pendiente.

—Tenga usted un buen día y abríguese, parece que este sol va a durar poco.

Comenzó a andar calle arriba a paso rápido –Venga, Martín, parece que vayas a apagar un fuego, qué bicho te ha picado- se decía. Cruzó un par de calles, llegó al Paseo y se fijó en todos esos árboles que rayaban el cielo y rompían las nubes. Al tomar la calle Cernuda observó la frescura de algunos de sus comercios, puestecillos de frutas y verduras, frutos secos, regalices y tabaco que otorgaban una variedad de colores a esa calle. Carros tirados por burros y por caballos pasaban casi rozándole la manga de su chaqueta de pana; algún coche atravesaba la calle y cómo le gustaban, tenía que ahorrar y comprarse uno pronto.

Se paró a comprar té en una tienda de antigüedades. Tenía por costumbre juntarse en casa con amigos los sábados por la tarde; cigarrillos, té, café, lecturas y charlas hasta altas horas de la noche, era de las pocas ventajas que le encontraba a su soltería. No tenía cargas familiares, tan solo un pequeño piso que le dejaron sus padres al fallecer en el incendio.

—Póngame una bolsita de ese té que huele tan bien y otra de aquel, le prometí a Javier que le compraría un poco—. Era una tienda bastante pequeña, no cabían más de tres personas dentro, las paredes estaban repletas de estanterías con tarros diferentes según el tipo de hierba. Omar vendía tazas, teteras, caramelos extraños y sobre todo, especias.

—Volveré pronto, Omar, con lo que me llevo no tendré ni para un mes.

Salió de allí agitado porque sabía dónde tenía que ir antes de regresar. Le dio una vuelta a su bufanda y se enfundó los guantes marrones que Claudia le regaló la pasada Navidad; había transcurrido más de un año desde que se marchó a Francia, era de esas mujeres inesperadas y espontáneas que suelen sorprender para mal.

—Cariño, tengo que ir, es una oportunidad única y solo se vive una vez, al menos eso dice papá—. Se fue para tres meses y no se le ocurrió mandar ni un telegrama para informar de su adiós definitivo. Conoció a uno de esos escritores estúpidos y se enamoró de él perdidamente.

Hacía un frío que cortaba la cara, el día se empezaba a ponerse feo y Martín asumió que tenía que regresar a aquel lugar que no había vuelto a pisar desde hacía mucho tiempo, la tiendecita de naranjas de su familia ahora regentada por su hermana Mercedes. Vendían cítricos de cualquier variedad importada de cualquier parte, naranjas Nevel, Blancas y Sanguinas. Hacía tanto que no la veía, ahora era la dueña de aquel ultramarino de ningún lugar y de todos a la vez. Heredó de Mateo, su padre, ese negocio ya que su hermano desde que murieron no quiso saber nada de asuntos familiares.

—Martín, si algún día faltamos deberás cuidar muy bien de este lugar, tanto como de tu hermana, es muy buena pero le hace falta madurar. Es muy trabajadora. Mercedes se hizo cargo de todo.

Por fin Martín se decidió a entrar. La encontró incluso más bella que antes, ataviada con un delantal floreado, agachada ordenando pirámide a pirámide los montones de naranjas; el pelo recogido en un moño bajo, algún rizo suelto le caía por el cuello, llevaba puestos los pendientes de perlas blancas de su madre. Al verlo le sonrió con sus ojos rasgados y ese lunar en la parte derecha de la boca. Bajó la mirada a punto de llorar. Cinco años era mucho tiempo.

—Hola, Martín, qué guapo estás, parece que la vida no haya pasado por tu casa.

—Qué tal, Merce, siento mucho no haber estado a la altura, no sacaba fuerzas...

—No te preocupes, como decía padre, hay horas que no son obligatorias. Sé de tu vida gracias a Javier, tu amigo me visita una vez a la semana aunque ya sabes que siempre seré de la misma persona, ¿ves?, como si no hubiera pasado el tiempo.

Mientras charlaban, tenía Martín la sensación de que la tienda giraba, algo extraño ocurría y desafiaba su fe en la lógica y la necesidad de controlar cualquier situación. Todos los objetos tenían formas circulares u ovaladas para no desentonar con las naranjas, habría apiladas unas cincuenta pequeñas pirámides. Aquella tienda conservaba un cartel de madera vieja y gris donde aún podía leerse: “Mateo y Rosa”.

—No he vendido ni una sola desde que se fueron, solo paso el plumero por las alacenas y el fregón sobre este suelo al que he llegado a coger cariño aunque siempre parezca sucio. ¿Escuchas eso...?, es el tocadiscos de papá, lamento que lo buscaras tanto, lo cogí de tu casa el día que fuiste a acompañar a Claudia a la estación, sabía por Javier que no volverías de Madrid hasta pasado un par de días y me prestó tus llaves. Escucha, lo curioso de todo es que suena y no le he puesto disco alguno.
—Merce, no entiendo bien lo que me estás contando, ¿no vendes naranjas?
—Es sencillo, tú te quedaste con el piso, con lo seguro, para no perturbar tu orden. Yo, en cambio, con esta oscura tienda de naranjas cargada de magia y recuerdos. Tranquilo, no duelen.


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Leles Mol

  


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