"Caballos lentos" | Reseña literaria | RqR Escritores para Trabalibros


Reseña publicada en Trabalibros el 29/08/2019


Es posible que los espías británicos añorasen la Guerra Fría incluso en plena Guerra Fría, razón de peso para que lo hagan en la actualidad cuando están inmersos en otras entretelas no tan cautivadoras ni tan nítidas ni tan patrióticamente justificadas ni tan legamente poéticas. Los herederos de John Le Carré son animales de costumbres (algunos solo animales adictos al premio del amo) que pululan por los callejones del género noir y se retroalimentan de sus propios clichés. Al fin y al cabo es lo que esperamos leer en un relato de este tipo, es nuestra particular nostalgia por los viejos y gélidos tiempos del Telón de Acero. A este lado de la literatura también somos animales de costumbres (algunos solo costumbres).

Y donde hay batallas aunque sean estas un poco de chichinabo, virtuales, prefabricadas, confusas, patrocinadas, digitales y publicitadas en streaming, hay víctimas y efímeros triunfadores pues la victoria se turna de bando en bando para mantener a la audiencia en vilo. Ganar durante el prime time televisivo es más ganar. Perder también.

Así es como entra en juego aquí la épica del perdedor, perdedores en este caso, caballos lentos apartados de la primera línea de choque del servicio secreto de Su Majestad y estabulados en la Casa de la Ciénaga que ni es casa ni se erige sobre una ciénaga, aunque cerca anda. Son los agentes marginados, los caídos en desgracia por sus pecados y errores, invitados sutilmente a marcharse y abandonar por puro hastío y desidia el MI5 sin tener que pagarles una indemnización ni arriesgarse a pleitos por improcedencia o a filtraciones por resentimiento.

Sin operaciones en curso, sin misiones asignadas, sin pedigrí ni montura, se dedican a perder el tiempo en minucias de último orden y a mascar sus tragedias profesionales que los son personales a la espera de una improbable redención, del perdón desde las altas esferas, de la segunda o la enésima oportunidad para demostrar que son válidos a pesar de sus condenas por negligencia o impotencia. Hasta que uno de ellos, o unos cuentos de ellos espoleados por un tramposo ultimátum criminal emitido a todo el país por Internet, deciden recuperar la iniciativa, saltarse las normas escritas y las sobreentendidas, y lanzarse a lo que tienen prohibido pero para lo que fueron adiestrados: espiar. Dadme una guerra fría o caliente y moveré el culo.

Eso inquietará en Regent’s Park (el cuartel general) más de lo que muchos quisieran reconocer. Y lo suficiente como para promover una caza entre funcionarios hermanos -¡añadamos a la trama una guerra civil interna!- con el fin de dirimir responsabilidades, salvar la cara, maquillar los cadáveres, ocultar expedientes comprometedores, liquidar enemigos políticos y justificar el sueldo. El reality show para el lector está servido.

Todo ello entre pasajes breves, escenas paralelas, frases lapidarias cinceladas en mármol, sonoros tropiezos, incómodas conversaciones, un Londres sin bruma, humor podrido más que negro, pubs de paredes descascarilladas, periodistas fascistas otrora comunistas, terroristas de nuevo cuño, fanáticos mensajes dictados desde la casa de un ministro, pendrives robados, iPhones hackeados, GPS, redes sociales, yihadistas falsos, parasoldaditos nacionalistas cobardes y bocadillos de panceta que hacen eructar a Jackson Lamb, el factótum de este tinglado, el más listo de la clase de los más tontos, el guardián de los secretos sucios.

La novela negra nunca ha sido solo negra, a veces ni siquiera lo ha sido. En ella se citan todos los demás formatos, mejor o peor ensamblados, sin excluir la comedia al menos entendida desde la ironía y el sarcasmo como herramienta para describir a personajes recios que se toman demasiado en serio a sí mismos. Caben la crítica social -casi un deber abordarla-, la psicología y el humanismo más allá de la intriga y el misterio, quizá porque ambos de hallen en cada decisión nimia que tomamos y en las consecuencias que la acompañan.

Es de agradecer, pues, que el autor, Mick Herron, permita a estos antihéroes que lo sigan siendo, que no los indulte completamente en aras de un final feliz. Héroes ya tenemos muchos y son todos iguales de tostones y perfectos.

Caballos lentos 
Mick Herron
Ediciones Salamandra 


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