Un brote de cortesía | Carta | RqR Escritores


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Desde que nos conocemos te has encargado tú de la despedidas, no solo de eso, cierto, pero sobre todo de eso. Preocupada por si me interrumpes o me molestas o me lías o si estoy cansado o si tengo que bajar a la perra o subir a la perra, por si es tarde para o pronto para, preocupada también por tu descanso o tus quehaceres (más que por los míos, lógicamente), por tus cosas que te reclaman ahora, hace ya rato. Preocupada o en realidad solo pendiente de que aquello no se alargue demasiado (qué peor brote psicótico que la cortesía) me avisas, siempre me avisas, de que ya es el momento de la despedida, que empieza el descuento, que es suficiente por hoy. Nunca había conversado con alguien tan apurado por la propia conversación.

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Urdosia (2ª parte) | Relato | RqR Escritores


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SEGUNDA PARTE

Me hice con una bicicleta de segunda mano en un taller de reparación a escasas manzanas de mi oficina, en el número 124 de la calle 56 oeste de Manhattan. La más sencilla y ligera pedí al encargado, y me sacó una del almacén con varios lustros y bastantes capas más de roña. La repasó concienzudamente para comprobar que conservaba los elementos básicos y terminó de ensuciarla por completo cuando se empeñó en engrasar hasta la cesta delantera para portar la merienda. Adquirí los complementos imprescindibles y el disfraz de ciclista en un outlet de la avenida Broadway y me dispuse a probar el paquete completo en Central Park previo paso por el despacho para cambiarme de ropa y firmar mi testamento.

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Urdosia (1ª parte) | Relato | RqR Escritores


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PRIMERA PARTE

El encargo parecía viable sobre el papel a pesar de los dos igualmente graves inconvenientes que comportaba: podría ser asesinado en un lugar ignoto y además yo no montaba en bicicleta desde que tenía doce años, y por lo que recuerdo, no duré encima de ella demasiados minutos. Mantener el equilibrio y alcanzar cierta velocidad a base de pedalear siempre supusieron dos esfuerzos antagónicos y agónicos. 
—Podrás ir al colegio en ella, como el resto de tus compañeros.
—Papá, el colegio está a veinte millas de casa, no llegaría ni para el baile de graduación.

Mi padre no media las distancias en términos humanos acostumbrado como estaba a trasladarse a bordo de un coche con chófer. Él veía a través de la ventanilla de su flamante Dodge a los críos del barrio hacer cabriolas sobre esos artilugios y pensaba que yo me estaba perdiendo algo importante por no contar con ese medio de transporte.

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